Cada vez es más difícil conseguir un auto. Entre la inflación de las autopartes y las tasas de interés, las agencias han tenido que ponerse creativas para seguir colocando unidades. Aquí es donde el Leasing (o arrendamiento puro) ha pasado de ser un producto exclusivo para flotillas corporativas a venderse masivamente al conductor de a pie.
El problema radica en la opacidad. A menudo, este esquema se comercializa bajo promesas de modernidad y flexibilidad, ocultando su verdadera naturaleza matemática.
Desde una perspectiva estrictamente patrimonial, adquirir un vehículo es, casi siempre, una decisión ineficiente. Estamos hablando de un pasivo que se deprecia (al menos) un 20% al cruzar la puerta de la agencia y que permanece inmóvil la mayor parte de su vida útil. Sin embargo, en un país donde la movilidad pública es un reto constante (y más ahora que ha desaparecido el auto chocolate), el auto particular es un “mal necesario”.
La interrogante no es si necesitas el auto, sino cómo financiar esa pérdida de valor sin destruir tus finanzas. Y aquí es donde el leasing suele confundir al consumidor. Vamos a diseccionar este modelo financiero sin tecnicismos de vendedor.

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¿Pagar al contado o leasing?
Existe una corriente de pensamiento financiero muy popular en redes sociales, la cual presenta el leasing como una alternativa interesante al pago de contado.
Sobre el papel puede sonar lógico, pero en la práctica este consejo suele hacer aguas. Para que esta estrategia funcione, el rendimiento que obtienes invirtiendo tu dinero tendría que ser superior al Costo Anual Total (CAT) del financiamiento o arrendamiento.
La realidad es que si un leasing automotriz tiene un costo financiero implícito del 16% o del 18% anual (común actualmente) y tus inversiones seguras (como Bonos) te dan un 9% o un 10%, la matemática juega claramente en tu contra.
Estarías pagando más intereses de los que ganas, tan sencillo como eso. En la mayoría de casos, para el ciudadano común la liquidez inmediata no justifica el sobrecosto financiero de estos contratos.
Las mensualidades bajas del Leasing
¿Cómo logran las agencias que firmes un contrato de Leasing? Principalmente a través de la psicología de los “pagos cómodos”. Te muestran dos escenarios:
- Crédito tradicional: Mensualidad de $12,000 pesos.
- Leasing: Renta mensual de $8,500 pesos.
Parece una victoria inmediata para tu flujo de efectivo, pero es una ilusión óptica. La razón por la que la mensualidad es baja no es porque el auto es más barato, sino porque no estás pagando el coche completo. Solo estás pagando su depreciación estimada durante el tiempo que lo uses. El costo real del vehículo lo pagarás al final.
Valor residual: La clave del Leasing
A diferencia de un crédito, donde la terminar de pagar recibes tu factura y el auto es tuyo, en el leasing el final del plazo (24, 36 o 48 meses) es el momento de la verdad.
Te enfrentas al Valor Residual. La arrendadora te dirá: “Si quieres quedarte el auto, debes pagar el 40% de su valor original de golpe”. Supongamos que el auto valía $500,000. Al final del contrato, te piden $200,000 en una sola exhibición para transferirte la propiedad.
Si no tienes esa liquidez, tus opciones son limitadas y costosas:
- Entregar el auto: Te quedas a pie. Todo lo que pagaste durante años fue un gasto de alquiler a fondo perdido. No recuperas ni un peso.
- Refinanciar al residual: Pides un préstamo para pagar esos $200,000, generalmente a tasas de “auto usado” (más altas), encareciendo enormemente el costo total.
- Reiniciar el proceso: Entregas el auto y sacas uno nuevo, empezando a pagar de nuevo las mensualidades y sin llegar a ser dueño del auto en ningún momento.

La gran ventaja del leasing
Si el panorama anterior te parece desolador, probablemente sea porque el leasing no fue diseñado para asalariados ni particulares, fue diseñado como estrategia fiscal para empresas y freelancers.
La balanza en favor del leasing se inclina cuando hablamos de arrendamiento por parte de estas dos figuras, ya sean Personas Morales o Personas Físicas con Actividad Empresarial (RESICO).
Para estos perfiles el leasing es oro molido, veamos por qué:
- Deducibilidad: Las rentas se pueden deducir como gasto operativo, siempre y cuando se respeten los topes que marca la Ley del ISR para vehículos de combustión o híbridos.
- IVA acreditable: El IVA que pagas en cada renta lo puedes restar del IVA que tú cobras a tus clientes, reduciendo tu pago mensual de impuestos.
En este escenario, el sobrecosto financiero se compensa porque el gobierno, en la práctica, está subsidiando una parte del vehículo a través del ahorro en impuestos. Si no puedes deducir la factura (porque eres asalariado), el leasing pierde casi todo su atractivo.
Las letras chiquitas
Finalmente, hay un factor de libertad que se pierde. Durante el contrato, el auto es propiedad de la financiera, y esto impone candados estrictos:
- El kilometraje: Es la cláusula más peligrosa. Los contratos suelen topar el uso a 15.000 o 20.000 km anuales. Si te excedes, la penalización por cada kilómetro extra se cobra en dólares o a precios muy altos al devolver la unidad.
- Seguros amarrados: A menudo no puedes buscar tu propio seguro (que quizás te saldría más barato). Debes contratar la póliza que impone la arrendadora, que suele ser cobertura amplia multianual y con primas elevadas.
- Estado físico: Al devolver el auto, cualquier detalle estético, como los rayones, te será facturado.
Conclusión
El arrendamiento puro es una herramienta financiera sofisticada, no una forma mágica de pagar menos. Debes evitarlo si eres asalariado y planeas quedarte con el auto muchos años, o recorres distancias muy largas. En tu caso, un crédito o el esfuerzo del ahorro para el pago de contado siguen siendo matemáticamente superiores para proteger tu patrimonio.
Por otro lado, el leasing puede ser interesante si eres dueño de un negocio o profesionista independiente, y en este caso necesitas deducir impuestos agresivamente y valoras cambiar de auto cada 3 o 4 años por imagen o funcionalidad, sin importante no ser el dueño personal de la factura.
Como en todo contrato financiero, la clave está en no dejarse deslumbrar por la apariencia, sino calcular el coste real de la operación.